Ando estos días un tanto nervioso y agitado, con una mezcla de ansiedad y de melancolía, a ratos me llena la felicidad y el entusiasmo, pero otros ratos me llento también, y sin saber por qué, de congoja y de desazón . . . y esta mezcla de sentimientos contrapuestos no me está dejando dormir y me está provocando episodios de estrés como el del fin de semana pasado.
Mi hijo va a pasar el curso que viene en un internado. Es una decisión que se materializó la semana pasada. Lo voy a llevar allí porque se trata de una oportunidad educativa magnífica, realmente magnífica, envidiable desde cualquier punto de vista: un ambiente internacional, la mayor parte de los alumnos ni son españoles ni hablan español, todas las clases en un idioma extranjero que mi hijo añadirá a los dos idiomas extranjeros que ya habla, un entorno natural idílico . . . además, las condiciones del internado son muy suaves, porque va a volver a casa todos los fines de semana, y además va acompañado de su mejor amigo . . . en resumen, una suerte enorme. Él está entusiasmado, ayer hicimos otra visita al internado, echó además un vistazo a los que van a ser sus compañeros (y compañeras), y no puede estár más contento.
Y, sin embargo . . .
No puedo evitar, a ratos, sentirme zozobrante, acongojado y, por más que pienso en lo mucho que desea mi hijo ir allí, no puedo encontrar consuelo.
No, no lo voy a echar de menos, no voy a tener tiempo. En realidad sólo va a estar fuera cinco días a la semana, cada viernes a las seis y media (antes porque lo iré a buscar) estará en casa, y se quedará hasta el lunes por la mañana en que lo llevaré de vuelta. Se trata de otra cosa.
Se trata de que que ha caído sobre mí, como la tarde gris en un día de sol de primavera, la certeza de que mi hijo está abandonando el nido. Que esta experiencia, tan distinta a todo lo que ha vivido hasta ahora, le separa de mí: hasta ahora, nada de lo vivido por mi hijo era demasiado distinto de lo que fue mi niñez, mi hijo podría haber ido al mismo colegio, incluso tenido los mismos maestros que yo tuve, ha vivido en los mismos sitios, jugado con los hijos de mis amigos de la niñez . . . y ahora, sin embargo, tengo la sensación de que emprende un viaje sin retorno, hacia ambientes sociales y culturales que ya no son los míos, experiencias que no podremos compartir, vivencias que ya no serán las que yo le haya podido brindar, sino las que él haya buscado. Un viaje hacia su propia vida adulta. Distinta, irremediablemente, de la mía.
Y yo. . . estoy echando de menos al niño que ya casi no es. Ya no soy yo el que le enseña el mundo. Ahora va a ser él quien me lo va a enseñar a mí.
Un día fue nuestro mundo. Ahora empieza a ser el suyo.
Le quiero.
Mi hijo va a pasar el curso que viene en un internado. Es una decisión que se materializó la semana pasada. Lo voy a llevar allí porque se trata de una oportunidad educativa magnífica, realmente magnífica, envidiable desde cualquier punto de vista: un ambiente internacional, la mayor parte de los alumnos ni son españoles ni hablan español, todas las clases en un idioma extranjero que mi hijo añadirá a los dos idiomas extranjeros que ya habla, un entorno natural idílico . . . además, las condiciones del internado son muy suaves, porque va a volver a casa todos los fines de semana, y además va acompañado de su mejor amigo . . . en resumen, una suerte enorme. Él está entusiasmado, ayer hicimos otra visita al internado, echó además un vistazo a los que van a ser sus compañeros (y compañeras), y no puede estár más contento.
Y, sin embargo . . .
No puedo evitar, a ratos, sentirme zozobrante, acongojado y, por más que pienso en lo mucho que desea mi hijo ir allí, no puedo encontrar consuelo.
No, no lo voy a echar de menos, no voy a tener tiempo. En realidad sólo va a estar fuera cinco días a la semana, cada viernes a las seis y media (antes porque lo iré a buscar) estará en casa, y se quedará hasta el lunes por la mañana en que lo llevaré de vuelta. Se trata de otra cosa.
Se trata de que que ha caído sobre mí, como la tarde gris en un día de sol de primavera, la certeza de que mi hijo está abandonando el nido. Que esta experiencia, tan distinta a todo lo que ha vivido hasta ahora, le separa de mí: hasta ahora, nada de lo vivido por mi hijo era demasiado distinto de lo que fue mi niñez, mi hijo podría haber ido al mismo colegio, incluso tenido los mismos maestros que yo tuve, ha vivido en los mismos sitios, jugado con los hijos de mis amigos de la niñez . . . y ahora, sin embargo, tengo la sensación de que emprende un viaje sin retorno, hacia ambientes sociales y culturales que ya no son los míos, experiencias que no podremos compartir, vivencias que ya no serán las que yo le haya podido brindar, sino las que él haya buscado. Un viaje hacia su propia vida adulta. Distinta, irremediablemente, de la mía.
Y yo. . . estoy echando de menos al niño que ya casi no es. Ya no soy yo el que le enseña el mundo. Ahora va a ser él quien me lo va a enseñar a mí.
Un día fue nuestro mundo. Ahora empieza a ser el suyo.
Le quiero.

3 Comments:
Buenos días.
Yo sólo veo cosas buenas en tu exposición.
Y también veo que estás otra vez de puro blando, gelatinoso.
Y que conste que me parece extraordinario, maravilloso y LO NORMAL que quieras a tu hijo.
Vaya eso por delante.
En principio el hecho de no verle no te preocupa en absoluto y me parece bien que no te preocupe porque no tiene por qué preocuparte.
Pero que te pongas mantudo porque tu hijo conquista parcelas de autonomía, madura, crece, tiene intereses (y además compartidos contigo)y empieza a ser independiente en muchas parcelas de su vida es para montar un fiestón. Pero un fiestón, eh?
Eso es difícil a más no poder, los hijos se pegan como lapas y acaban prolongando la infancia de manera enfermiza para ellos y para sus padres.
Así que tienes un motivo fuera de lo común para ser mucho más feliz si cabe. Y él va a seguir compartiendo sus nuevas experiencias contigo, y eso te va a seguir llenando de felicidad, de orgullo, de satisfacción del trabajo de años, sacrificado y continuado, que empieza a dar frutos ahora que el niño se pone a prueba y el papá se pone blandito.
Ahora sí que te van a caer lagrimones como puños de emoción de ver a tu hijo tomar decisiones serias y responsables. Disfrútalo.
Y el nido nunca se abandona, Nicolás. Siempre se vuelve a por las referencias.Mantenlo en perfecto estado de revista, que además aún te queda una gurriata.
Un abrazo, y alégrate. Yo me alegro por vosotros dos.
This post has been removed by a blog administrator.
PObrecico! Cachíssssss
Es un cambio en la relación paternofilial, que SIEMPRE hay que vivir, por la que todo padre y todo hijo tiene que pasar ... no es un gran consuelo, pero ES ASÍ, no hay otra, asique armate de humor, condescendencia contigo miso, y no abras demasiado la boca cuando te sorprendas a tí mismo con reacciones que no esperabas tener.
SIgue estando ahí como hasta ahora, pero deja que sea él quien se acerque, verás que aún tienes mucho que aprender, y quien mejor que tu propio hijo para enseñarte.
Un beso.
Post a Comment
Links to this post:
Create a Link
<< Home